La frase que voy a mencionar aparece en los trailers así que no cuenta como spoiler. Se da en un momento de la película en el que uno ya ha invertido mucho emocionalmente en acompañar a Farrokh Bulsara en su camino por convertirse en Freddy Mercury, en estar allí mientras éste ascendía a las alturas de sus propios sueños y luego ser testigos de sus más duras caídas. Con la mirada un tanto perdida, Mercury (Rami Malek) simplemente le responde con una pregunta a quien le estaba hablando : «¿Y qué pasa…si no me queda mucho tiempo?». En ese momento, un vacío se apodera de la sala de cine y algo parecido a la electricidad le corre a uno por la piel del cuerpo…
¿Cuál Freddy Mercury presenta la película?
Hacer una biografía es casi una receta para decepcionar a alguien, pues prácticamente cada persona tendrá su propia visión del sujeto sobre el cual le van a contar la historia. Si se trata de un ícono del rock la cosa se complica aún más, pues son millones quienes sienten conocer al verdadero ser humano tras las canciones que, muy probablemente, sean parte del soundtrack de sus vidas.
Un director puede, digamos, hacer las de Oliver Stone en su biopic The Doors (1991) y mostrar a un Jim Morrison hundido en sus propios demonios, una brillante actuación de Val Kilmer si, pero una que fue tremendamente criticada por quienes sí conocieron a «Jimbo» en la vida real, en lugar de sólo vivir los efectos del mito del rockstar a través de la música que en algún momento de sus vidas escucharon. Miembros de la banda han dicho que el tipo era un artista sensible, cariñoso y leal, muy lejano del «bufón ebrio que Stone eligió presentarle al mundo».

También está la opción de películas como «The Greatest Showman», donde se presenta una muy inspiradora versión de PT. Barnum que nos pone a cantar y soñar…ignorando los múltiples recuentos de la época, en la que se le tiene como un cruel estafador y manipulador que exhibía seres humanos por dinero.
Bohemian Rhapsody transita con el paso firme y teatral de Freddy Mercury por un camino medio. Nos da toda la magia de los sueños del rock y nos presenta también los efectos de cuando el sueño se transforma en pesadilla, pero nunca con espíritu amarillista…ni ingenuo. Tiene la sutileza de decirnos que cosas maravillosas y terribles suceden bajo la superficie de una historia que todo el mundo cree conocer, lo hace con imágenes, detalles y símbolos muy cuidados que igual nos ponen al borde del llanto o nos dejan a punto de cantar en media sala de cine. No esperen, ni imágenes crudas dignas de un tabloide, ni una visión azucarada «de película de tv de domingo en la mañana» de un dios de la música que, en última instancia, era un hombre inseguro y con anhelos como cualquiera.
Lo que sí puedo contarles, es que el producto final es un viaje completo por algo que todos hemos experimentado en algún momento: ese deseo de trascender, el sentir que hay algo que nos susurra en el oído que, si tan sólo nos atrevemos, el destino cumplirá su promesa de premiar a los valientes y conoceremos la grandeza. Esta es la historia de lo que le sucedió a un joven músico que se atrevió. Definitivamente creo que a los únicos a quienes el Freddy que Bohemian Rhapsody nos presenta podría decepcionar, es a quienes esperan un relato morboso sobre el bajo mundo de la escena rockera o de los clubes gay en la época del génesis de la pesadilla del SIDA.
Componiendo la Rapsodia.
Las actuaciones son sencillamente brillantes, no sólo de Rami Malek, sino de la totalidad del elenco. Es natural que el arte imite a la vida y la luz brille más sobre su papel que el de los demás, pero es fácil darse cuenta que éste no podría tener el mismo efecto si el resto del elenco no entregara también alma y corazón en regalarnos un vistazo al interior de Queen, con todo su amor, sus peleas internas, los desacuerdos, esos momentos de gloria creativa y su fijación por declararse «una familia» y «los campeones de los rechazados».
El ritmo de la película lo lleva la música, a velocidades que van desde lo vertiginoso hasta el tipo de escenas que se toman su tiempo para calar en el espectador. Es como dejarse llevar por un enorme video musical que no permite quitarle los ojos de encima. Para rematar, el soundtrack de dicho video está compuesto por verdaderos himnos del pantéon del rock y es poco probable que el espectador no las sienta en el alma. En un punto las butacas llegan a estorbar, pues uno desea gritar y moverse como si fuera uno más de los miles que vivieron el momento histórico del concierto Live Aid.

Es cierto, la producción fue atropellada, su director original Bryan Singer (X-Men 1 y 2) chocó con el elenco, tuvo un comportamiento errático en el set y faltó numerosas veces a trabajar. Fue despedido antes de completar la filmación, por lo que Dexter Fletcher (Rocketman) llegó a hacerse responsable de completar fotografía principal y supervisar el montaje y otros detalles de la post-producción, además de filmar de nuevo algunas secuencias. Lo que pudo salir tremendamente mal, resultó en una película uniforme, inspiradora y que conecta tremendamente con la audiencia.
Para concluir, podemos comparar la película con la canción que la bautiza: momentos de furia teatral se intercalan con sutilezas, el rock y la ópera se funden en algo muy original que uno como público, fan de la música y del cine agradece muchísimo. Y no puedo evitar sentir que es completamente cierto lo que el elenco comentó con nosotros en una entrevista. «Al final, la película es sobre el genio creativo, sobre la música y sobre esas grandes cosas que lograron Mercury y Queen». Salí de la película deseando cantar, escribir, hacer cine, ir a un concierto y esa inyección de vida se agradece profundamente.
Eo, Freddy, Eo.



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